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Nunca me voy a librar de ti, exclama la resignada Olvido en un momento de su cotidiana vida (¿resistencia?) con su hermano, León. Han pasado los años desde que, en León y Olvido (el orden de los nombres pesa), conociéramos la dura peripecia a la que quedaron atados una mujer insatisfecha y su hermano con síndrome de Down. Menos encapsulada que la anterior, todo fluye más naturalmente (Olvido busca trabajo, se involucra en las luchas de su tiempo; León, más por imperativo que por interés, busca novia), pero la herencia pesa: Olvido ha intentado suicidar-se, León no sabe cómo cuidarla.

Con una mirada paciente, cercana y nada convencional, Bermúdez, veterano que no se prodiga como quisiéramos, reconstruye un vínculo con un pie en lo inevitable y otro en la perversión de los juegos con las reglas trucadas. Todo rezuma vida de la de verdad, cortapisas profundamente humanas. Ambos no tienen salida (Olvido lo sabe), e incluso las que intentan (la boda de la mujer con un hombre impecable) se antojan un despropósito. Un final esplendoroso, que habría encantado al Bergman de El séptimo sello, nos recuerda que solo los cómicos encarnan la luminosidad y el sentido de la existencia, una luz de esperanza para una Olvido siniestramente cercada por la vida.

Fuente: FOTOGRAMAS